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La Mano del Negro

No eran pocos los indios que por el año de 1.559 morían a causa del maltrato que recibían al llevar carga desde Cali a Buenaventura. Fue entonces que se fijó la vista en los negros y tomó fuerza en nuestra tierra la esclavitud.

Por tal motivo muchos hombres de color debieron huir y se hicieron asaltantes de caminos, lo cual obligó al estado a imponer como castigo para ellos, la amputación del pene. Cuenta la leyenda que por aquel entonces llegó a la hacienda de don Alberto Bujalance, un encomendero dueño de muchas tierras, un negro rebelde llamado Crecencio, quien de inmediato quedó enamorado de la hermosa negra Juana, la dama de compañía y sirvienta de doña Carmen de la Ronda, esposa de don Alberto. 

Cuentan que fue tal su conmoción, que su temperamento reaccionario dio paso en su interior a un benévolo hombre siempre obediente y servil.

Doña Carmen, quien se convirtió en poco tiempo en la benefactora y cómplice de ambos, no tardaría en darse cuenta de una terrible verdad: en medio de una charla informal la negra Juana le confesó a su ama que se había casado con Crecencio en el altar de Piedra Grande en el Valle del Lili, el entonces santuario de los venidos del África. Pero además le contó que ambos escuchaban una voz grave y profunda que los invitaba a ir a los Farallones. Doña Carmen de inmediato recordó que era allá en donde se reunía el Diablo con sus brujas a danzar. Entonces tomó una determinación: decidió delatar a los enamorados.

Eso implicaba la muerte para Crecencio, quien se fugó con Juana rápidamente. Pero en poco tiempo fueron arrestados en Vijes. Al llevarlos ante don Alberto, éste golpeó a Juana casi hasta matarla, ante lo cual Crecencio se liberó de sus ataduras y le partió la mandíbula a su antiguo patrón.

Como castigo, a Crecencio se le cortó la mano y de paso, el pene, mientras que a Juana la aventaron al monte en donde fue devorada en estado de embarazo por las fieras. Al poco tiempo Crecencio también apareció muerto. Su cuerpo, sin una santa sepultura, fue echado al muladar.

Fue cuando comenzó a aparecerse en lo que hoy es la Loma de la Cruz, un negro sin mano que arrastraba cadenas y de cuyo muñón caía sangre sin parar; a su paso los animales enloquecían. Así, presas del terror, la gente hizo clavar una santa cruz en el lugar para santiguar el sitio.

Dicen algunos que todo se calmó por un tiempo pero otros afirman que todavía el negro ronda el sitio.